

...y fue así que maldije ese instante
En que te vía los ojos,
Porque lo supe todo.
Y maldije las mañanas
que iluminaron esa piel dorada.
Uno pude volverse loco
entre las dunas de ésta piel morena
y el aire enrarecido.
Y respiro,
Y me asfixio,
Y vuelvo a respirar.
Y sigo siendo pequeño.
Porque quise bendecir los cuerpos que arroparon la desnudez.
Con esta sed que no quema las entrañas
Sino los ojos.
Ésta sed de habitarte
La sed de vivir ahí.
La sed de morir ahí.
La sed de predicar
Como la tuvo Él.
Pero es un lugar sagrado
Y no hay cabida para el universo
Dorada bóveda celeste,
Todo pasado humano careció
De mí.
¿Cómo he de amarte,
si sólo soy un hombre?
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